Tumbados y con bigote…

14 de diciembre de 2014

Hemos comentado en más de una ocasión mi plena satisfacción gastronómica con el alimento que me ofrecen mis humanos: esas sugerentes estructuras, con el olor más estimulante, crujientes al paladar y con un sabor imposible de olvidar, colman todos mis deseos, desde los más innatos y arraigados en mi ADN, hasta los más apegados a mi felina “gula”.

Pero no voy a mentiros si os digo que ciertos productos que ingieren los de dos patas provocan en mi algo más que curiosidad.

En las fechas de jolgorio humano al lado del árbol con luces, serpientes multicolores y bolitas, llegan a sus mesas, entre apabullantes cantidades de viandas, una especie de seres de color anaranjado, “tumbados de lado” y con bigotes que dejan los míos en el mayor de los ridículos.

Cuando esos seres inertes aparecen en la mesa de mis humanos, mis glándulas salivares entran en una frenética, incontrolable producción de saliva, hasta tal punto que el líquido y natural elemento de mi boca sale a borbotones por las comisuras de mis labios.

gamba

Mi babosa imagen, y por qué no decirlo, mis incesantes y lacerantes maullidos, para el sensible oído humano, consiguen que centren en mí su atención justo en el preciso e indicado momento: todos ellos se encuentran afanados en desvestir a esos animalillos y dejar al descubierto ese cuerpecillo que provoca la mayor afluencia de contenido de mis glándulas salivares, hasta el punto de que alguna vez he creído ahogarme en mis propios fluidos.

Y ya sabéis esa indiscutible máxima: “el que la sigue, la consigue”.

Si a los maullidos y las babas le unes el incesante “fregoteo” de mi contorneado y suave organismo por las piernas del más débil… ¡Da sus resultados! Una mano aparece bajo la mesa portando el “maná” que acabará en mi boca.

Aún ahogándome en mis babas me abalanzo hacia la deseada presa, la capturo entre mis afilados y prensiles dientes y ¡máximo placer!

Todo mi organismo lo disfruta, desde la más pequeña de mis papilas gustativas al último pelo de mi enhiesta y elegante cola.

Sin moverme del sitio doy adecuada y honrosa cuenta del manjar y, evidentemente, vuelvo al ataque, afortunadamente con positivos resultados… Así una y otra vez hasta que en su mesa no queda ninguno de esos deseables seres.

No puedo terminar sin deciros, sinceridad siempre, que tras la abundante ingestión de dichos alimentos humanos, suelo tener unas complicadas digestiones, y que al día siguiente a tal atracón aumentan mis visitas al arenero… y que lo que sale de mi cuerpo no suele presentar la consistencia del resto de días del año.

En el fondo pienso que esa gula por los animalillos tumbados y con bigote no me deben sentar bien al organismo, pero, ¡que narices!, ¡un día es un día!

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