Embudo – tortura

28 de noviembre de 2014

No existe especie más perversa, retorcida, malévola, que el ser humano.

Ninguna otra especie es capaz, no solo de urdir, sino de elaborar objetos capaces de amargar la vida de individuos de la propia o distinta especie. 

Me explico. Según pasan los años, mi majestuoso organismo va padeciendo, con mayor frecuencia, “goteras”. En este caso que nos ocupa, una molestia en ambos ojos, yo creo que por pasar demasiado tiempo frente a la caja emisora de aire frío, que me provocaba una molestia más que desagradable: ganas de frotar mis ojos de forma continua, incesante, y un incontrolado parpadeo, y más lágrimas que cuando veo por enésima vez la película de “Los Aristogatos”. 

Pues eso… Como siempre que algo afecta a mi individualidad, y alguno de mis humanos se percata, ¡a la casa del maníaco de la bata blanca! 

En este caso el tipo de manos recias y mirada penetrante puso todos sus sentidos en mis ojos; y digo que puso todos sus sentidos porque casi me saca los globos oculares de las cuencas con el fin de localizar el origen del problema. 

Tras administrarme todo tipo de fluidos en forma de gotas y hablar con mis humanos, el espécimen humano cubierto de blanco salió un momento de la habitación en la que nos encontrábamos y retornó a los pocos instantes con un gran trozo de plástico en sus manos. 

Sin decir nada, comenzó a moverlo de forma rápida entre sus manos hasta que aquel elemento aplanado comenzó a tomar una forma tridimensional. 

Inteligente, suspicaz, ¡listo!, comencé a pensar: no sé qué puñetas es eso, pero, SIN LUGAR A DUDAS, ¡ES PARA MÍ! 

Embudo-tortura

Embudo-tortura

El indescriptible elemento adquiría la misma forma que ciertos elementos que desprenden luz en casa de mis humanos; quizás fuera uno de esos objetos luminosos para ayudarme a ver en estos momentos de ligera deficiencia visual… 

¡Pues no! ¡Cómo iba a ser algo normal, atraumático, procediendo de un humano, de un humano con bata blanca

Cuando aquel objeto estuvo acabado, el verdugo se acercó a mí y con rapidez propia de un congénere de mi especie, deslizó mi cabeza a través del agujero más estrecho de aquella estructura. 

Mi cabeza quedó rodeada por aquella especie de embudo de tortura que impedía cualquier actividad normal y rutinaria de un felino de pro: ¿cómo me asearía?, ¿cómo podría frotar mis ojos?, ¿qué antinaturales posturas debería adquirir para comer y beber?, ¿qué indigna posición deberé adoptar en mis momentos de fisiológica evacuación

Estaba indignado, molesto, extraño… 

Allí estaba en MI casa, con aquel demoníaco artilugio atado al cuello y rodeando mi cabeza. 

Pasaron los días entre el aprendizaje de uso del embudo plástico, la administración rítmica e intermitente de fluidos sobre mis ojos y, por fin, sin saber aún por qué, un día en la consulta del torturador de bata blanca me quitaron aquel castigo. 

Todavía me pregunto qué mal cometería para tan poco equilibrado castigo. 

Por cierto, los ojos dejaron de molestarme.

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Un comentario para “Embudo – tortura”

  1. therma dice:

    Seguro k sólo querían ayudarte!

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