Ciber Zapi

22 de noviembre de 2013

MIS humanos no acaban de comprender, ni aceptar, ni asumir, que el recinto en el que residen y, por ende, todo aquello que la vivienda contiene es de MI propiedad.

En la mayoría de los casos han asumido esa “norma universal”: “yo y mis circunstancias, yo y mis propiedades (incluidos ellos)”, pero en otros contados casos, siguen intentando cambiar o contravenir mis ordenanzas.

Es claro y evidente que mi glorioso cuerpo puede y debe posarse sobre cualquier zona, objeto, enser, utensilio o mobiliario de MI casa… Como digo, en la mayoría de los casos, esta felina decisión no es puesta en tela de juicio en ningún caso, aunque algunas decisiones felinas hayan tardado en aceptarse, como la de que me tumbe sobre sus ropas cuando han pasado por debajo de un utensilio que las deja lisas y calentitas.

Pues aún me queda una batalla por ganar, un pequeño territorio que parece un tótem sagrado para mis irreductibles humanos: esos aparatos con pantalla y llenos de pequeños cuadraditos con absurdos símbolos sobre los que desplazan velozmente sus dedos.

Estos aparatos diabólicos absorben su “sesera” (escasa), su entendimiento (“cortito”), y provocan que mantengamos ciertas diferencias sobre mis decisiones de posicionamiento en MI hogar.

Esos ingenios del humano en evolución me atraen por diversas circunstancias.

Si me pongo en plan “chulesco” y “altivo”, diré que me gusta tumbarme sobre los cuadraditos con garabatos por la incomodidad que les provoco, pero he de reconocer que esa no es la primera de las razones.

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También puedo decir que al pasarse tantas horas con sus manos y sus dedos recorriendo cada espacio de esos ingenios, sus olores impregnan cada pequeña parte del susodicho aparato, por lo que, quieras o no, es una forma de “disfrutar” de sus efluvios.

Pero, queridos amigos, existen dos razones principales por las que mi “felinidad” disfruta de mi descanso yaciente sobre tan singular elemento: temperatura y “vibración”.

Esa planicie coronada de múltiples protuberancias geométricas desprende un tibio pero irresistible “calorcillo” que, unido a un sutil e imperceptible “vibrato” para el humano, causa en mí un estado de máximo placer y relajación.

Por todo lo argumentado, siento la adicción de MIS humanos a ese absorbente utensilio, pero, lo que han de tener claro, muy, muy claro, es que SIEMPRE que quiera, siempre que desee esas concretas y únicas sensaciones, “ZAPI” (un servidor), depositará su incomparable organismo sobre el “mar de teclas”.

He dicho…

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