Agravio comparativo

4 de marzo de 2014

Convivir con humanos en TU PROPIA CASA requiere de un ejercicio continuo de superación y paciencia… Pero convivir con un irracional de distinta especie, un “canis vulgaris”, un ser de “limitada inteligencia” y de costumbres groseras, es una incesante prueba hacia mis más primitivos y fieros instintos salvajes.

¿Los perros y los gatos podemos convivir juntos? ¡Claro que podemos! ¡Por supuesto! Para ello nos encargamos de dejarles muy, pero que muy claro, quién manda cuando entran en el hogar: unos buenos bufidos y, si fuera necesario, algún buen manotazo en sus húmedas narices, dejan las bases sentadas a unos seres de limitados recursos “intelectivos”.

Pero lo peor de la convivencia con “Trasto”, no es “Trasto” en sí mismo, ¡no!, ¡ni mucho menos!; lo peor de la convivencia con ese saco de pulgas es el agravio comparativo continuo, vejatorio, de MIS humanos para con ese “ser”.

Chuches”, paseos, mimos, arrumacos… Si bien es cierto que la mayoría de las cosas que obtiene el “bicharraco” es por su insistencia, su tenacidad. ¡Vamos, porque es un “plasta de tomo y lomo”!

Pero lo que más me fastidia, lo que más me incomoda, lo que me hace sentir relegado, en un segundo escalafón, ¡en mi casa!, son los cepillados que le dan.

Sí, los cepillados de ese vasto y deslucido pelo…

Estos humanos, también bastante limitaditos, debieron de llegar a la conclusión de que a mí no me gustaban los cepillados porque la primera vez que lo intentaron tuve que salir bufando y huyendo como alma que lleva el diablo cuando la humana adulta casi arranca mi querido miembro viril con un instrumento de punzantes estructuras metálicas.

Agravio comparativo

Agravio comparativo

Cuando veo cómo utilizan ese instrumento sobre “Trasto” pienso que es como si le estuvieran dando caviar iraní a un cerdo (con todo mi respeto y cariño a tan singular especie). Él no lo disfruta, no lo sabe valorar.

Yo lo disfrutaría… Cuando les veo, cierro mis ojos e imagino ese cepillo, correctamente manejado, recorriendo mi cuerpo. Esas púas recias haciendo vibrar hasta mi más recóndita terminación dérmica…, y abro los ojos y veo la cara de estupor del desagradecido cánido.

Esto no es justo. Esto no es nada justo.

Como es difícil, casi imposible hacer entender algo a mis humanos, he decidido ponérselo fácil, simple; ¡vamos, a su nivel!

Ahora, cada vez que cepillan a “Trasto” me acerco “humildemente” y me interpongo con la elegancia y zarpa izquierda que me caracteriza, entre el can y el instrumento de masaje.

Por el momento, cada vez que despliego tan sutil maniobra, me rechazan… ¡Se creerán que tengo envidia!… ¡PUES SÍ!

Seguiré intentándolo, sin desaliento. Si algo he aprendido de “Trasto” es que la insistencia, “ser un plasta con titulación”, da sus resultados.

Lo conseguiré, que nadie lo dude.

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